Introducción:
Mirar, ver y tomar decisiones
para la mejora institucional[1]
Vivir es ser capaz
- en respuesta a los múltiples desafíos de la
existencia –
de resolver
problemas y
de tomar buenas
decisiones y
no hacer ostentación de nuevos conocimientos”
Michel Fustier
Este cuaderno
tiene como propósito colaborar con la acción y la reflexión de los equipos
directivos en sus instituciones acerca del mejoramiento de las prácticas que en
ellas se desarrollan. Mucho se ha escrito sobre el tema, desde aportes
conceptuales que focalizan diferentes aspectos de las mejoras en las prácticas
hasta experiencias concretas desarrolladas en diversos contextos. Se trata de
profundizar sobre la forma de concebir estos procesos y comprender sus
múltiples significados, sosteniendo el interrogante esencial y necesario: ¿cómo promover, desarrollar, sostener y evaluar propuestas de mejora en las
escuelas?
Esas propuestas
de mejora se relacionan con la innovación y el cambio en las instituciones,
constituyen fenómenos que generalmente
se asocian con una idea de ruptura en las prácticas cotidianas o cambios
profundos en los modos de hacer y concebir el día a día de la escuela. En el
marco de las instituciones esta situación puede dar lugar a confusiones,
momentos de incertidumbre o desaliento para los actores que en ellas despliegan
su actividad cotidiana. Por ello, es importante, clarificar la
conceptualización, las estrategias y las distintas alternativas de acción
posibles, entre otros aspectos, que permitirán a los equipos directivos
desarrollar una gestión comprometida con la calidad y la equidad. Esos
objetivos no podrán lograrse por medio de acciones aisladas ni poniendo el
acento, solamente, en los contenidos tradicionales del curriculum. Su logro,
significa reconocer que la escuela en su conjunto educa, que toda experiencia dentro de la institución
es formativa y por lo tanto, se
constituye en un tema prioritario para la gestión.
En este cuaderno se
analizan las posibilidades de mejora de las instituciones escolares,
reconociendo que estos procesos no pueden sólo prescribirse, ya que en ellos inciden factores tales como el
compromiso, la iniciativa y la implicación, propios del contexto de cada
institución, y que el sistema educativo debe posibilitar condiciones y
contextos para que estos cambios puedan tener lugar. Esto implica poner en
tensión los factores que pueden generar un cambio, recuperando los procesos y
relaciones que favorezcan la emergencia de dinámicas autónomas, devolviendo el
protagonismo a los actores y que - por ello mismo – puedan tener mayor grado de
permanencia.
En este proceso
existe una fuerte relación entre los niveles macro y micro políticos, al
primero le corresponde definir líneas generales de la política educativa y
generar condiciones para promover y
sostener las transformaciones que se realizan a nivel institucional. Al
segundo, generar cambios con mayores niveles de autonomía enmarcados en su
contexto próximo y en las políticas educativas más generales. Por ello,
entender los cambios institucionales como una
búsqueda para el mejoramiento de
las prácticas supone un salto cualitativo respecto a las formas de concebir a
la gestión escolar en contextos cambiantes como los actuales.
De esta manera,
las buenas prácticas en gestión implican el compromiso de los equipos
directivos con su institución, con los estudiantes, los docentes y la
comunidad, orientando a la escuela para que se constituya en una comunidad
de aprendizaje.
Estas prácticas
se relacionan con la resolución de
problemas, por cuanto se trata de identificar las prioridades para
reconocer las situaciones que requieren ser cambiadas. Implica un proceso de
toma de decisiones para desarrollar la mejor alternativa de resolución a esos problemas para generar
aprendizajes de calidad para todos.
Buenas Prácticas de
Gestión Escolar
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La reflexión sobre los desafíos que implica actualmente gestionar
y pilotear una escuela, lleva a introducir cambios en las culturas burocráticas, que se han instalado a
lo largo del tiempo en el trabajo docente, para recuperar otras perspectivas
que valorizan a cada uno de los actores y a sus compromisos colectivos.
Existe cierto consenso alrededor de la necesidad de ir
construyendo una cultura organizacional en la que se trabaje según una estrategia
de construcción de problemas y de
previsión de acciones para su resolución,
sustentada en la posibilidad de avanzar sobre un proceso de desarrollo para los
niños, jóvenes y adultos que interactúan en las instituciones escolares. Esto también significa entender que en
todo proceso de mejora se valora que:
· los miembros de la organización constituyen las principales
fuerzas de cambio y de progreso,
· se potencia la capacidad de acción de los equipos directivos para
detectar fortalezas y debilidades de su institución y sostener los cambios
apoyándose en los aspectos positivos, inhabilitando así las debilidades.
· es necesario generar la motivación, así como el sentido de
pertenencia y de confianza, que promuevan responsabilidad y compromiso con la
organización,
· es preciso construir un sentido más compartido de futuro
institucional, generando oportunidades para crear y aprender y,
· es necesario que cada uno reconozca dónde se encuentra, comparta
información y asuma nuevos riesgos razonables.
Sin
duda, estas consideraciones, que están en la base de todo proceso de
cambio, implican un compromiso con la
mejora de la formación que la escuela brinda
a los alumnos. Todo intento debe estar orientado por esa finalidad e
involucra a la institución como una
comunidad de aprendizaje, que reflexiona y actúa en función de la mejor
alternativa de resolución posible a los problemas que enfrenta.
Asimismo,
la mejora institucional supone un puente de enlace en el tiempo: pasado,
presente y futuro. Todo cambio parte de la actual realidad de un sistema de
funcionamiento que deviene de una continuidad de un pasado institucional y,
pretende una mejora a través de su evolución para proyectarla hacia delante,
hacia un futuro mejor. De esta manera, se desarrollan competencias fundamentales
para los equipos directivos relacionadas con la anticipación de escenarios a partir de una mirada atenta y de una
lectura de la propia realidad, que ponga en juego tanto el liderazgo, la
resolución de problemas, como el trabajo en equipo, y la mejora y el
fortalecimiento de los canales y el tipo de comunicación en toda la institución.
Para
comprender como se sucedieron diferentes transformaciones que conducen al
planteo del movimiento de mejora en
las practicas escolares, donde la escuela vuelve a ser considerada como el
núcleo fundamental del sistema educativo, es necesario retomar algunos
aportes. Entre los más relevantes se destaca la
comprobación de que el establecimiento escolar puede marcar una diferencia
sustantiva en la historia escolar de los aprendizajes de niños y
jóvenes que asisten a los
sistemas educativos. Los trabajos
de Edmonds, 1979; Purkey y Smith, 1983; Brookover, 1979; Sarason, 1982; Goodlad, 1986; estarían
revirtiendo las conclusiones del Informe Coleman (1966) sobre que la escuela
influía bastante poco en el rendimiento final del alumno, y que lo que sí
parecería marcar una diferencia sustancial era su origen familiar, social o
cultural más inmediato.
Asimismo investigaciones actuales
demuestran que la estructura de la
escuela, su clima general académico y de trabajo, la gestión de los directivos,
las expectativas positivas o no de los docentes en general sobre el aprendizaje
de los alumnos, y los tipos de
estrategias de aula de los docentes, tienen la capacidad de provocar
diferencias fundamentales en los aprendizajes de los estudiantes.
El establecimiento escolar aparece así
como un espacio estratégico para renovar y reestructurar el viejo paradigma
burocrático de organización de la escolaridad. Conjuntamente con este
conocimiento aparece en los más relevantes textos políticos y profesionales, la
necesidad de reconsiderar en forma primordial el rol de los equipos directivos
y de los impulsores directos de las instituciones escolares: los supervisores,
en la búsqueda de recuperar la identidad y la capacidad de formación de la
escuela.
La profesionalización de los docentes es otra de
las cuestiones de peso considerada en
las actuales reformas y transformaciones. Al respecto de la formación de los
docentes, directivos y supervisores, autores como Hargreaves (1994) afirman que
“es difícil que un cambio significativo del currículum, de la evaluación o de
cualquier otro campo tenga éxito si no se presta también una atención seria al
desarrollo del profesorado y a los principios del juicio y la discreción
profesionales que se inscriben en ese proceso. En consecuencia, el desarrollo
del profesorado y el fortalecimiento de la profesionalidad han de afrontarse
junto con los desarrollos del currículum, la evaluación, el liderazgo y la
organización escolar”.
Desde
estos diferentes enfoques todo cambio que apunte a la mejora de la escuela, busca fortalecer a la propia institución
organizacionalmente para que amplíe su capacidad de resolver con mayor
autonomía sus problemas. Por ello, estos nuevos enfoques constituyen una
conceptualización más amplia y pertinente en la búsqueda de la calidad educativa, que incluye la
preocupación por generar más aprendizajes
en los alumnos, fomentar el intercambio y la comunicación de prácticas entre
colegas y desarrollar en los equipos directivos y docentes una visión crítica
de la propia institución, para detectar fortalezas y debilidades y pensar
alternativas para el cambio.
Muchos
han afirmado que es necesario para introducir mejoras en las escuelas revisar
las estrategias de trabajo de los docentes, sin embargo esta es una condición
necesaria pero no suficiente. Se trata de conjugar mejora en las prácticas con eficacia
en cuanto a los resultados escolares alcanzados. Dentro de este paradigma
surge una síntesis superadora, que ha
sido denominada el movimiento de las buenas escuelas que recupera los
argumentos más relevantes y positivos de las propuestas anteriores, entre los cuales se pueden
destacar:
· Ampliar la concepción de resultados o logros de los alumnos:
calidad de vida escolar y más aprendizajes para todos hasta alcanzar la
excelencia de los aprendizajes.
· Centrar la innovación en la mejora de las prácticas
institucionales: procesos de aula, de gestión de los equipos directivos, etc.
· Promover la capacidad interna de cambio de cada escuela:
fortalecimiento del aprendizaje institucional, promoción de una cultura de
trabajo colaborativa, profundización de la capacidad institucional para
identificar problemas y construir alternativas de resolución, incentivar modalidades de trabajo en y con
proyectos institucionales y específicos.
Tradicionalmente
se ha identificado todo cambio con
mejora o progreso. Sin embargo, no todo cambio implica una mejora. El
concepto de mejora está más ligado a la propia realidad institucional, por lo
tanto es situacional y depende de los desafíos que cada institución particular
esté dispuesta a asumir y encarar conjuntamente.
Los
procesos de transformación en los sistemas educativos y en las escuelas en particular, han sido denominados indistintamente como
innovaciones, reformas, cambios y mejora, sin establecer, por lo general,
distinciones entre ellos. El siguiente cuadro muestra algunas relaciones y
diferencias entre dichos conceptos:
Reforma
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Cambio
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Innovación
|
Mejora
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Cambios en la estructura del sistema o reestructuración
curricular
|
Alteración a niveles distintos (sistema, escuela, aula) de
estados o prácticas existentes.
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Cambios en los procesos educativos, más internos o cualitativos.
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Juicio valorativo al comparar el cambio o resultados con estados
previos, en función de lograr las metas educativas. Debe tomar como punto de
partida el estado actual y proyectar una alternativa de acción concreta en
función de las necesidades actuales.
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Modificación a gran escala del marco de enseñanza, metas,
estructura y organización.
|
Variaciones en cualquiera de los niveles del sistema educativo.
Puede englobar a cualquiera de ellos.
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Cambio a nivel
específico o puntual, sobre aspectos
curriculares, creencias, prácticas, acciones.
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No todo cambio-innovación implica mejora. Debe satisfacer
cambios deseables a nivel institucional.
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Comparten:
·
Percepción
de la necesidad de cambio
·
Alteración
de las situaciones previas
·
Propuesta
intencional, con una direccionalidad clara y compartida.
·
Se
justifican desde distintas perspectivas (técnico políticas, pedagógico
didácticas, sociales o críticas)
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Mejorar las prácticas cotidianas
En
la comprensión de la mejora escolar
es necesario tener en cuenta que se ponen en juego procesos que involucran a la
institución toda, sin aislarla de su contexto.
Repensar las prácticas implica
partir de un problema concreto y
asumir colectivamente una alternativa de resolución que se valore como la mejor
para ese momento institucional y ese contexto particular y se oriente a elevar
la calidad de los aprendizajes.
Desde
la perspectiva de los equipos directivos, implica la conjunción de por lo menos
tres elementos básicos: el liderazgo que
impulsa y sostiene el proceso, el proyecto
asumido que constituye el eje vertebrador de las acciones y el desarrollo
de una cultura colaborativa institucional que involucre al conjunto de los
actores en los fines del proyecto.
En
ese camino se presentan una serie de tensiones y resistencias que lejos de ser
obstáculos constituyen oportunidades para el cambio, si se asumen de manera
colaborativa y centran a la institución en torno a sentidos compartidos y
búsquedas de alternativas, que posibiliten dar mayor coherencia a las acciones, y por ende, mayor impacto de
formación.
Algunas
de estas tensiones se relacionan con una oscilación entre la dimensión de aula
y la totalidad institucional. En esta tensión se traduce una concepción que
tiende a separar estos procesos como si algún cambio en la institución no
afectara al aula y viceversa. En la actualidad el reto constituye en resituar la dimensión de trabajo individual
docente en el contexto del propio crecimiento de la escuela como institución.
La mejora escolar, queda así ubicada en el espacio de intersección entre el desarrollo curricular, el organizativo, el
profesional y el formativo de los alumnos en un contexto determinado. Esto sitúa las acciones en función de lo que
para esa institución es un progreso o
mejora, con relación a un estado anterior que se desea cambiar.
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Así
planteada la mejora escolar se opone al cambio por azar, ya que cualquier
cambio producido aisladamente no implica siempre una mejora en la institución.
Para alcanzarla es necesario un cambio intencional.
El
cambio institucional no debe interpretarse como un proceso lineal sostenido por
una planificación esquemática, en la que cada paso puede ser definido de
antemano y donde la función del equipo directivo se subsume en tareas de
supervisión y control para verificar aquello realizado con lo previsto. Por el
contrario, el proceso de cambio no es estrictamente pronosticable ya que es de
naturaleza dinámica.
En
realidad, su desarrollo debe ser progresivo, previendo tiempos y espacios que
posibiliten la participación de los actores, donde cobra especial importancia
la observación y reflexión sobre las prácticas para reorientarlas en función de
la mejora que se desea concretar. En este sentido se ha propuesto cambiar la metáfora de la orquesta en la que
todos funcionan al unísono, por la del grupo de jazz, en que el tono viene
marcado por la continua improvisación (o sea la recreación profesional) del
grupo.
La
posibilidad de desarrollo institucional está vinculada con la recreación
profesional y la capacidad interna de cambio, que guarda relación con la propia
historia de esa escuela enmarcada en un determinado contexto político y social.
De
esta manera, la mejora institucional debe ser entendida no sólo como una proyección a futuro, sino también como
parte de un proceso histórico más
amplio, en el cual cabe preguntarse cuál ha sido la historia de esa
institución, qué sucede en ese momento y qué debiera suceder para provocar una
mejora.
En este camino interjuegan distintos elementos, que
requieren por parte del equipo directivo el ejercicio de un liderazgo que
permita el desarrollo de la capacidad innovadora de la institución. Algunas
orientaciones que colaboran con ese objetivo se sintetizan a continuación:
· Identificar las necesidades, dificultades y problemas de la
institución.
· Compartir con los miembros de la institución la necesidad del
cambio. Esto otorgará viabilidad y factibilidad a las acciones.
· Desarrollar una cultura evaluativa. Es importante promover una
actitud de evaluación y balance permanente del proceso.
· Contar con un núcleo organizador y cualidades de liderazgo en la
institución. El rol del equipo directivo es clave, como así también la
intervención de equipos técnicos y funcionarios intermedios que den viabilidad
externa y sostenimiento.
· Sustentar la capacidad de todo el equipo pedagógico (o la mayor
parte del mismo) para desarrollar trabajo colaborativo.
· Identificar debilidades y fortalezas con las que cuenta la escuela
para encontrar puntos de apalancamiento.
· Elaborar acuerdos y compromisos colectivos sobre las metas,
objetivos, las acciones, los roles a desarrollar durante el proceso.
Los caminos para desarrollar procesos de cambio en las
instituciones son variados y no se pueden modelizar en un ejemplo único y
generalizable a todas las situaciones. A veces, se trata de recuperar
experiencias acotadas rescatando sus enseñanzas para el conjunto de la
organización; en otras, el punto de inicio se marca desde fuera de la
institución, a través de algún lineamiento desde políticas educativas más
amplías o macro; ambas son posibles y hasta necesarias.
Pero más allá de las vías de acceso al cambio, se trata de
recuperar el sentido del para qué y para
quiénes llevarlo a cabo, construyendo un sentido compartido que dé lugar al logro de mejores resultados,
revalorizando las experiencias acumuladas aun aquellas que no fueron exitosas,
en tanto siempre pueden ofrecer elementos para seguir “pensando” y “haciendo”
más institución. Para ello, es necesario poner en juego diversas estrategias
que pueden colaborar con la dinamización de los procesos que se desean
alcanzar.
No todo cambio es mejora
En
las escuelas tienen lugar cambios sin que muchas veces éstos sean percibidos
por el conjunto de los actores institucionales. Por este motivo, hay mejoras
que no son conocidas más que por los docentes directamente involucrados y que
permanecen aisladas, sin ser transferidas a otras situaciones, ni enriquecer al
resto de la institución.
Interesa
aquí centrarse en la mejora como tarea
institucional, ya no como acción aislada de algunos docentes sino como una
acción colectiva. Esto implica revisar en forma conjunta las prácticas, el
diálogo y el debate para establecer acuerdos
entre todos los actores acerca de objetivos, metas, concepciones, etc. Desde
esta perspectiva, la unidad del cambio es
la institución.De manera sintética,
los rasgos sobresalientes de las instituciones escolares que promueven buenas
prácticas pueden expresarse en:
· Conocimiento significativo de la escuela y su contexto
· Objetivos compartidos y visión clara sobre qué tendría que suceder
· Perspectiva de futuro, que permita prever posibles escenarios,
problemas y demandas externas
· Mayor autonomía y delegación interna, con participación de los
diferentes actores en la toma de decisiones
· Comunicación fluida al interior de la institución y con el entorno
· Culturas de trabajo colaborativas
· Indagación o búsqueda de conocimientos, experiencias y nuevas
ideas
· Capacidad de interrogación, reflexión y análisis de las propias
prácticas, estudio y actualización
· Capacidad de construcción y resolución de problemas
· Aprovechamiento pleno de los recursos disponibles
· Aprendizaje institucional
· Diversidad de las competencias y orientaciones profesionales de
los miembros
· Unidad o estructura organizativa para la gestión de la innovación
La
tarea de los equipos directivos cuando se trata alentar procesos de mejora de
las prácticas escolares, se asocia con promover, desarrollar, sostener, evaluar y
comunicar, teniendo en cuenta
que durante los mismos se ponen en juego
una variedad de situaciones.
Promover
Promover
los procesos de mejora supone generar condiciones institucionales
facilitadoras. En este sentido, el diálogo
resulta un factor fundamental a la hora de pensar en mejoras en la institución,
ya que permite que los distintos actores puedan confrontar perspectivas,
expectativas, intereses y propuestas. Esto da lugar al establecimiento de
acuerdos, que son la base de todo proyecto o trabajo colegiado, a la vez que
favorece la reflexión compartida y con ello la revisión de las prácticas.
La
mejora de prácticas institucionales requiere de culturas colaborativas. Y todas aquellas acciones que contribuyan a
fomentar estas formas de trabajo, generan siempre condiciones para el
transformar en sentido positivo las prácticas. Para que esos procesos sean
posibles, resulta imprescindible que los directivos tengan en cuenta el tiempo y el espacio como otros de los factores facilitadores, ya que la falta
de ellos puede atentar contra las iniciativas de mejora de las prácticas. Se
trata, entonces, de prever momentos que puedan ser destinados a la reflexión,
análisis e intercambio de experiencias, opiniones, etcétera, y de proporcionar
espacios físicos adecuados para llevar a cabo esta parte de la tarea docente,
que ,con frecuencia, no ha sido prevista. O, por el contrario, a falta de estos
recursos, como tiempo y espacio, quizá haga falta pensar en otras alternativas
que permitan instalar estas formas cooperativas de trabajo.
Desarrollar
En
la tarea de desarrollar propuestas de mejora por parte de los directivos, un
primer aspecto a destacar consiste en dotar de sentido las tareas habituales propias y de los profesores, en
coherencia con la misión de la escuela. Resulta un aspecto clave la comprensión
de que este sentido debe ser compartido para permitir la realización y cohesión
de proyectos, que siempre son colectivos.
La
implementación de propuestas de mejora tiende al fortalecimiento de la
autonomía de la institución, para lo cual se requiere de cierta libertad de acción
por parte de los actores, de modo que puedan tomar decisiones oportunas en
aquello que les compete. La condición sería que estos márgenes de decisión se
mantengan dentro de los acuerdos
colectivos y la coherencia con la misión de la institución. La clase
fundada en el aislamiento docente, sin tener en cuenta el componente de la
pertenencia institucional, puede desembocar en la construcción de mundos
paralelos, donde cada clase es una isla separada y la institución es sólo un continente.
Por
otra parte, la aceptación de una propuesta valiosa, pero que se desconoce en su
sentido profundo y afecta el comportamiento de los actores, puede verse
facilitada cuando es posible realizar algún tipo de “ensayo”, que permita un
primer acercamiento y una evaluación aproximada de sus potencialidades que vaya
produciendo algún grado de compromiso por parte de los diferentes actores. Por
ello, puede resultar conveniente implementar la propuesta de manera parcial o
acotada, ya sea en un sector de la escuela, durante un período breve o en
alguno de sus aspectos. No siempre es conveniente iniciar todo junto a la vez,
lo que no quiere decir hacerlo siempre de la misma manera.
Sostener
Sostener
las prácticas de mejora supone ante todo, reconocer que el proceso no finaliza
una vez que éstas se pusieron en marcha. Por el contrario, es necesario
acompañar el cambio hasta tanto se incorpore al funcionamiento institucional.
Para que no pierdan su sentido al tornarse habituales, es importante que los
equipos directivos presten especial atención a los movimientos que se producen
en la institución como consecuencia de la introducción de esas nuevas
prácticas, que repercuten en el conjunto de la escuela y que requieren de
adecuaciones de distinto orden. Por ejemplo, puede ser necesario modificar la
distribución de roles y responsabilidades, las formas de participación, los
modos de comunicación, el ejercicio del liderazgo, etcétera.
La
función de sostenimiento de las mejoras implica prácticamente anticipar e
intervenir ante posibles desfasajes o conflictos originados por los cambios y
sus consecuencias respecto de intereses sectoriales o individuales, relaciones
de poder, etcétera. Es una situación predecible que la instalación de un cambio
pueda producir movimientos de resistencia,
por lo cual hace necesario trabajar y argumentar para liderar y conseguir la
adhesión.
Cabe
señalar también que todo proceso de cambio supone, al menos en el imaginario,
mayores exigencias para los profesores, por lo tanto, no hay que desestimar el
valor del apoyo, el estímulo, la demostración de altas expectativas y el
reconocimiento que los directivos pueden ofrecer a los integrantes de la
institución.
Evaluar
Evaluar
un proyecto de mejora es una tarea que acompaña el desarrollo del proyecto y se
extiende más allá, cuando éste ha finalizado. La evaluación permite conocer el
curso de desarrollo seguido por aquél, la medida en que se distancia de lo
previsto, las nuevas necesidades surgidas, los aspectos que se ha logrado
mejorar, entre otras cuestiones.
La
evaluación no puede ser un proceso improvisado o simplemente espontáneo. Por el
contrario, la evaluación posee un valor agregado cuando, es planificada en
cuanto a sus tiempos (momentos en que se realizará y duración), los actores que
participarán, la distribución de tareas, los aspectos que serán evaluados, el
uso de la información obtenida en este proceso, la forma en que se realizará la
devolución, etcétera. Por ello, requiere del debate y el logro de acuerdos para
la construcción colectiva de criterios que sirvan de marco de referencia.
Supone capitalizar el conocimiento que proviene de la experiencia, tanto de
aspectos logrados como de errores y cuestiones no previstas. Implica analizar
la incidencia de distintos factores en el desarrollo del proyecto, por ejemplo,
la manera en que se realiza una convocatoria a participar, a conocer las
motivaciones de algún proyecto, el uso de espacios que demandará y los tiempos
que insumirá, o los agrupamientos. A pesar de que estos no siempre son aspectos
a los que se les concede la importancia que tienen, en ocasiones puede resultar
altamente beneficioso resolverlos y anticiparlos para el desarrollo de un
proyecto.
Esta
instancia constituye un importante aporte para el aprendizaje institucional, a
partir de la reflexión y el análisis crítico y colegiado de las prácticas; por
lo cual, puede considerarse en sí mismo un proceso de mejora. Además,
contribuye al desarrollo de culturas
escolares evaluativas que las formas de hacer y de pensar tomen la
evaluación como una tarea cotidiana reflexiva, que se extienda más allá de un
proyecto en particular y que sirva de manera permanente al enriquecimiento de
las prácticas.
Comunicar
Comunicar
en relación con el mejoramiento de las prácticas institucionales, constituye un
proceso clave para que sea posible incrementar el conocimiento y las
competencias institucionales. Una propuesta de cambio suele generar mayor
aceptación cuando es clara, sus aportes son percibidos como relevantes y se
presenta como una vía adecuada para mejorar aquello que se requiere. Por lo
tanto, es fundamental la comunicación clara de propósitos y sentidos que se
atribuye a los procesos de mejora. Para ello, es necesario el establecimiento
de canales de comunicación fluidos y variados, de modo que se facilite la
circulación de información y el intercambio entre los distintos actores de la
institución, y entre ésta y el entorno.
Un
aspecto a tener en cuenta se refiere al conocimiento existente al interior de
la escuela, y supone acciones específicas destinadas a la recopilación y
sistematización de saberes y experiencias individuales, grupales o
institucionales. Para ello, puede resultar útil la reconstrucción de la
historia institucional, a través de relatos donde los diferentes actores
expongan y confronten las experiencias vividas, así como las representaciones y
significados que las acompañan, de modo de poder ir construyendo imágenes,
sentidos y conocimientos compartidos. En este sentido, pueden utilizarse
algunas herramientas facilitadoras como es la práctica de la observación
sistemática o entrevistas en profundidad, bajo la forma de diferentes soportes
que contengan los relatos sobre una misma historia o episodio puntual.
La
difusión de conocimientos y experiencias exige ciertos recaudos, ya que toda
práctica está altamente incidida por el contexto en el que se desarrolla. Por
este motivo, los datos acerca del contexto en que una experiencia o proyecto se
lleva a cabo resultan de suma relevancia para su transferencia a otros. Es
fundamental tener en cuenta que cada escuela es única, tiene su propia cultura,
su contexto y su historia. Así, los modelos de mejora, como las experiencias
realizadas en otras instituciones son de gran utilidad siempre que no sean
tomadas como prescripciones, en forma rígida e incuestionable. Ningún cambio
puede devenir en una mejora para la escuela si no se tienen en cuenta sus
características particulares.
Momentos de los
procesos de mejora
Recuperando
aportes del movimiento de escuelas autorrenovadoras, el siguiente esquema
sintetiza aquellos momentos de un proceso de mejora, así como las actividades
principales que comprometen a los equipos directivos:
Equipos directivos y procesos de
mejora
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Momentos del proceso de mejora
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Actividades del equipo directivo
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Identificación de
fortalezas y debilidades
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Describir
la situación institucional.
Caracterizar
fortalezas y debilidades de la institución: relevar datos (matrícula,
promoción, ausentismo, formación de los profesores, etc.), hechos relevantes,
producciones escolares, identificar actores motivados para la mejora, evaluar
la experiencia y potencialidad institucional en relación con los cambios.
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Construcción de
condiciones para mejorar las
prácticas
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Prever tiempos y espacios adecuados.
Convocar a reuniones para
dialogar, implicarse en una filosofía común, superar posibles resistencias y
establecer acuerdos sobre el proyecto de mejora.
Clarificar, en conjunto con
todos los implicados, los objetivos de la propuesta, la metodología y los
compromisos asumidos.
Concretar apoyos.
Definir coordinaciones de
tareas.
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Revisión de la propia práctica
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Promover la realización en forma
colegiada de un diagnóstico de la situación de la escuela, propiciando una
percepción amplia y compartida de la escuela.
Impulsar la búsqueda de
información (a través de técnicas e instrumentos estandarizados como escalas,
cuestionarios o bien observaciones sistemáticas y/o
procedimientos informales de discusión y diálogo, etc.) que permita un mayor conocimiento de
la situación inicial de la escuela.
Relevar logros, necesidades y
problemas.
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Identificación de problemas.
Determinación de aspectos a
mejorar.
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Convocar y coordinar reuniones
basadas en el diálogo reflexivo, para analizar necesidades, construir
problemas y definir ámbitos prioritarios para los procesos de mejora.
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Elaboración de planes de acción.
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Convocar y coordinar reuniones
para elaborar el plan de acción, incluyendo tanto las acciones conjuntas a
realizar durante la puesta en marcha teniendo en cuenta que el sentido está
orientado siempre a promover mejoras en los aspectos del aprendizaje de los
estudiantes y una mejor convivencia escolar.
Coordinar la búsqueda colegiada
de soluciones alternativas y seleccionar la más adecuada.
Prever recursos humanos,
financieros, materiales, de formación, de tiempo y espacio, etcétera.
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Desarrollo o puesta en práctica del proyecto.
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Favorecer el aprendizaje a
través de la puesta en marcha y la reflexión sobre el proyecto.
Coordinar encuentros de
discusión y análisis del desarrollo del proyecto en forma colegiada, donde se
visualicen sus impactos, el grado de cumplimiento de los acuerdos, los logros
alcanzados, los problemas surgidos, etcétera.
Prestar apoyo y acompañar las
implementación del proyecto.
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Evaluación y seguimiento (esta etapa acompaña la anterior)
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Diseñar la evaluación.
Coordinar tareas de evaluación
del proyecto durante su desarrollo y a posteriori, en caso de que tenga un
tiempo limitado de duración.
Propiciar la elaboración
colegiada de criterios de evaluación y seguimiento para determinar logros,
problemas, necesidades, distancia respecto del objetivo previsto y modificaciones producidas en otros ámbitos
de la institución.
Definir, junto con los demás
actores, las modificaciones y ajustes a introducir, así como la continuidad,
finalización o extensión de aquel a otro/s ámbito/s.
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Opciones para el desarrollo de
mejoras
A continuación
se proponen algunas de las opciones reconocidas que presentan mayor incidencia
para promover acciones de mejora en las instituciones escolares. Los equipos
directivos, de acuerdo con las características particulares de sus escuelas y
con las necesidades que se reconozcan en cada contexto, incorporarán otras o
seleccionarán aquéllas que consideren más convenientes.
Intercambio y ayuda mutua
Una
manera de contribuir al desarrollo de mejores prácticas consiste en promover
situaciones de intercambio y ayuda mutua entre los docentes; es el caso de que
docentes con más experiencia y conocimientos en un aspecto de la tarea, o que
ya hayan realizado una mejora, pueden acompañar y orientar a otros colegas en
la desarrollo o incremento de sus competencias. Esto puede realizarse a través
de reuniones de pares donde compartan experiencias, diseñen o analicen juntos
una propuesta, o donde reflexionen acerca del desarrollo de ésta.
En
muchas ocasiones, puede resultar útil las observaciones
mutuas, donde el docente que desea introducir una mejora observe a quien ya
la está desarrollando, y a su vez, sea observado por éste, focalizando en
aquellos aspectos de la metodología o de contenidos relevantes.
También
pueden organizarse pequeños grupos de
observación mutua y reflexión. De esta manera, la observación constituye
una vía de aprendizaje, posibilitando un momento de diálogo y de análisis
crítico a partir de la comunicación de los aspectos que resultan más
significativos. Esta modalidad, basada en formas de trabajo colaborativo,
además de desarrollar actitudes de respeto, confianza, responsabilidad y compromiso
entre los involucrados, da lugar, a la vez, a la posibilidad de alcanzar
mejores niveles de profesionalidad en ellos.
Recuperar el conocimiento
El
conocimiento disponible en la propia escuela -informaciones, experiencias y
saberes- que los docentes tienen, si bien constituye una fortaleza, con
frecuencia resulta escasamente utilizado o desaprovechado. Por lo tanto,
resulta importante diseñar estrategias para identificar, recuperar y difundir
los conocimientos y experiencias exitosas existentes en las escuelas. Una
manera posible de hacerlo es rememorando la historia
institucional, lo cual contribuye además, a la construcción de un sentido
común para la tarea colectiva. Para ello, pueden organizarse reuniones donde
los distintos integrantes presenten situaciones o experiencias propias que les
resulten significativas, a través de de diferentes recursos: relatos,
fotografías, filmaciones, grabaciones, etc.
Puede
tomarse un aspecto, como por ejemplo, la relación con las familias, los actos
escolares, las formas de evaluación, etc. y recuperar las variaciones que
tuvieron lugar a lo largo de la historia institucional, los cambios que se
sucedieron, los motivos de éstos, sus consecuencias y vinculaciones con otras
cuestiones escolares.
Otra
manera posible es emprender la tarea de escribir un diario institucional, en el que se narren diariamente los hechos y
vivencias relacionadas con algún hecho significativo que pertenezca a la
institución. Una variante es la de confeccionar un diario “a posteriori” con
los acontecimientos que fueron recuperados a través de la memoria
institucional, de modo de ir registrando este trabajo de indagación en la
historia de la escuela. Centrarse en los “incidentes críticos” constituye otra
opción de revisión de la historia institucional. Se trata de revisar los
sucesos que resultaron significativos para la escuela como organización o para
el conjunto de los profesores, o que marcaron cambios importantes en la
orientación y el proyecto de la escuela. En este caso, no sólo los hechos deben
ser identificados, sino que también es importante describir las circunstancias
en que ocurrieron y el impacto que tuvieron. Este tipo de trabajo permite
conocer con mayor profundidad las culturas coexistentes en la escuela, los
momentos claves de su evolución, los sentidos que los acompañan, la modalidad
de cambio, entre otras cuestiones.
Resolver problemas pedagógicos
La
capacidad de resolver problemas es
una competencia necesaria para el equipo directivo en la perspectiva de la
gestión estratégica, como también para el conjunto de la escuela, si se
pretende promover mayor profesionalidad, autonomía y disposición para la
mejora. Podría decirse que la intención de cambio, por lo general, se origina
en la búsqueda de soluciones para los problemas que perciben los docentes en su
tarea cotidiana: las dificultades, las demandas externas, la necesidad
percibida de elevar la calidad y equidad de los aprendizajes de los alumnos, la
insatisfacción generada por ciertas condiciones de trabajo o de convivencia
dentro de la institución escolar, los cambios del entorno, etcétera. La
resolución de problemas implica las siguientes operaciones:
·
Percepción
de un problema o necesidad de mejora
·
Decisión
de actuar
·
Análisis
de la situación y diagnóstico del problema
·
Búsqueda
interna o externa de las informaciones y recursos disponibles sobre soluciones
posibles
·
Elección
o elaboración de la solución más plausible
·
Aplicación
de la solución adoptada
·
Evaluación
de los resultados
·
Adaptación
e instalación definitiva de la solución como innovación educativa
Una
vez percibido el problema y tomada la decisión de actuar en relación con él, se
trata de describirlo e identificar posibles factores que tengan incidencia para
su aparición o permanencia. Una primera aproximación puede realizarse a través
de reuniones donde se presente la situación desde diferentes perspectivas;
puede incluso realizarse un breve escrito, a la manera de un informe que sirva
de registro. El método de los seis
interrogantes puede resultar útil; consiste en responder a las siguientes
preguntas: ¿cuál es el problema? ¿cuándo sucede? ¿cómo sucede? ¿dónde sucede?
¿por qué existe? ¿a quién afecta?. Otra técnica posible es la lluvia de ideas, en la que los
integrantes expresan todas las razones que vinculan con el problema, y las van
registrando. Posteriormente, conviene agruparlas por sus características y
jerarquizarlas según la importancia que les asignan, de modo de facilitar el
análisis posterior. Esto último configura una manera de procesar y organizar información
que aparece en forma espontánea.
Un
segundo momento lo constituye la elaboración de una estrategia de solución,
que supone imaginar diferentes
estrategias cursos de acción posibles o seleccionar la que se considere más
apropiada. Este ejercicio constituye una ayuda a la hora de diseñar la forma de
intervención. Una forma de iniciar esta tarea es la de proponer soluciones
parciales, según el aspecto que se atienda y luego ir articulándolas. El método
FODA, que consiste en analizar las fortalezas, las oportunidades, las
debilidades y las amenazas, es una manera de tener presente un panorama amplio
de la situación actual de la institución y de prever escenarios probables, de
modo de pensar una intervención que permita aprovechar al máximo los recursos
disponibles y evitar riesgos. Una vez presentadas las diferentes estrategias,
se selecciona la más conveniente teniendo en cuenta criterios como las
probabilidades de éxito, el grado de consenso, las causas sobre las que opera,
las fortalezas en las que se basa, las dificultades o riesgos que supone, etc..
Finalmente, al diseñar la intervención será necesario prever la distribución de
roles, determinar las actividades a realizar, asignar tareas según las
competencias que en cada caso se requieran, elaborar un cronograma y prever la
evaluación.
Implementar
la intervención diseñada no se reduce a poner en práctica lo previsto, sino que
requiere de acompañamiento, así como de nuevas tomas de decisiones a lo largo
de este proceso, en función del curso que vaya tomando el proyecto. Es el
momento de evaluar el proceso, de monitorearlo, a fin de realizar los ajustes y
rectificaciones necesarias. Asimismo, es necesario evaluar la intervención en
términos de logros o mejoras en el funcionamiento institucional. Para ello,
hace falta diseñar los instrumentos que permitan recoger la información,
relevar los datos y analizarlos. Por último, se trata de incorporar el cambio
al funcionamiento habitual de la institución, o sea, la institucionalización
del cambio.
Difundir y recrear
conocimientos
Algunos
autores afirman que una información se convierte en conocimiento cuando se
puede otorgar sentido a los datos provenientes de diferentes fuentes y momentos
de un proceso. Es decir que el conocimiento es a la vez que proceso, una meta casi final a alcanzar. El proceso de
acumulación del conocimiento acompaña toda experiencia de cambio y en él pueden
distinguirse tres fases:
·
Iniciación:
consiste en crear condiciones que permitan a los docentes vincular el cambio
propuesto con su situación particular, otorgándole sentido. Por ejemplo,
dificultades crecientes de aprendizaje, problemas de la convivencia, uso de
espacios en función de procesos de aprendizaje, deserción elevada de la
población escolar, etc. Para ello, la propuesta de cambio debe resultar
accesible y compatible con las ideas, supuestos y prácticas de los profesores.
Dado que en esta etapa se trata de transformar el conocimiento para hacerlo
utilizable, en el contexto de la escuela, las acciones de capacitación y de
asesoramiento pueden resultar muy útiles. Estas pueden consistir en disponer de
espacios de lectura de material, experiencias semejantes, intercambios con
otros actores, elección de algún asesoramiento puntual sobre el problema, etc.
·
Implementación: el
objetivo de esta etapa es facilitar la puesta en práctica de la mejora, a
través de un trabajo colegiado de adaptación y reconstrucción de la propuesta.
Esto supone generar espacios donde se intercambien ideas y experiencias, se
compartan materiales y recursos, se puedan realizar pequeñas demostraciones,
etcétera. La asistencia y la capacitación también son convenientes en este
momento. Aun cuando no sea posible o no se disponga de un asesoramiento
experto, al menos valdrá la capacidad de sostenimiento que posea el equipo
directivo que, aunque no logre la expertez del tema abordado, pueda contribuir
a lograr un mejor clima, articular demandas diferentes, gestionar recursos
necesarios, etc.
·
Institucionalización:
para que una propuesta de cambio efectivamente tenga impacto en las prácticas
escolares es necesario que se institucionalice, es decir, que pase a formar
parte de los modos de hacer habituales en la escuela. Sin embargo, es
importante evitar que se asimile a las viejas prácticas, desvirtuándose. Por lo
tanto, se requiere un trabajo colegiado y sostenido de adaptación tanto de la
mejora a la estructura existente como de ésta a lo nuevo, acompañado de una
revisión crítica y permanente del funcionamiento institucional. Esto ha
sucedido en muchos cambios de espacios y agrupamientos, para el desarrollo de
las clases sin que tuvieran incidencia en los estilos de enseñanza o ritmos de
aprendizaje.
Intercambiar con otros
En la
actualidad, en que tienen lugar continuamente cambios y avances en la
producción de conocimientos, y se requiere de una formación permanente, es
fundamental la vinculación con fuentes de conocimiento externas a la escuela,
para la adquisición de información, para el intercambio y para la difusión.
Esto implica establecer formas de trabajo colaborativo con otras escuelas, con
bibliotecas, institutos de formación docente, universidades, centros de
investigación, etcétera.
El
primer paso para constituir la red es establecer
acuerdos interinstitucionales, en el que se definan objetivos, formas de
relación, compromisos de cada institución, etcétera. El trabajo
interinstitucional es una tarea sumamente compleja, ya que se trata de
articular diferentes culturas y modos de conocimiento, sin embargo, el trabajo
conjunto puede iniciarse con experiencias acotadas que, luego, podrán ser
progresivamente extendidas. Se trata de iniciar un camino hacia la conformación
de comunidades profesionales de trabajo y aprendizaje, a fin de lograr nuevas
modalidades de formación continua.
Por
ejemplo, pueden establecerse acuerdos entre distintas escuelas para compartir e
intercambiar modos de abordar la relación con las familias y la participación
de éstas en los asuntos escolares. También, pueden exponer sus experiencias y
asesorarse mutuamente respecto del establecimiento de redes comunitarias.
Escuelas cercanas de distinto nivel, donde una de ellas (media o básica) recibe
los alumnos egresados de la otra (básica o inicial) pueden comunicarse sus
respectivas formas de trabajo, sus pautas de convivencia e interacción y otras
cuestiones que contribuyan a facilitar el pasaje del alumnado. Entre una
escuela y un instituto de formación docente, puede realizarse un trabajo
conjunto a los fines de elevar la excelencia en el área de matemática. El
intercambio con la biblioteca del lugar puede servir a los fines de mejorar la
organización de la biblioteca escolar, puede contribuir al aprendizaje de los
alumnos acerca de métodos de indagación y búsqueda de información y
bibliografía, etc.
Cuando
se trabaja con otras instituciones, puede resultar conveniente que la función
de “enlace” sea asignada en forma específica a un equipo que actúe como
referente, coordinando las acciones, sin que por ello se descuide la
participación y contribución de todos los integrantes.
Profesionalizar la gestión
Los
equipos directivos no sólo deben buscar la actualización y mejora de las
competencias de los otros actores institucionales para impulsar una cultura de
mejoramiento de las prácticas, es fundamental también centrarse en la propia
profesionalización del equipo directivo. Señalamos a continuación algunas
cuestiones a tener en cuenta para ese desarrollo profesional, ampliar los
saberes y el desempeño en relación con:
·
Visión compartida y propósitos claros: los directivos requieren tener una perspectiva común acerca de su
propio accionar y objetivos en tanto equipo directivo, como también acerca de
lo que esperan lograr en la institución, sus propósitos y finalidades.
·
Diagnóstico de la situación de la escuela: se requiere de un análisis profundo de la situación actual de la
escuela, integrando las diversas dimensiones y perspectivas, descubriendo las
contradicciones internas, y poniéndolas de relieve a fin de trabajar
colegiadamente sobre ellas. Si bien no es esperable ni deseable que exista
uniformidad en las miradas y concepciones es necesario que haya un cierto grado
de coherencia y acuerdos mínimos sobre los que fundar una visión compartida y
objetivos comunes.
Asimismo, al evaluar la situación actual, es necesario tomar en
cuenta las relaciones de interdependencia existentes al interior de la escuela,
a fin de considerar más adecuadamente la distribución de funciones y roles,
cuestionarse acerca de la normativa, las formas de organización, etc..
·
Comunicaciones fluidas: entre
las condiciones facilitadoras para la mejora de las prácticas se encuentra la
comunicación clara, fluida y confiable. Es decir, que ésta debe ser
garantizada tanto al interior del propio
equipo directivo, como en la institución en su conjunto. Esto supone habilitar
diferentes canales por los que los distintos actores puedan comunicarse, con
pautas claras y conocidas por todos. Las modalidades pueden ser muy variadas,
quiénes sean los actores que comunican, cuáles sean los destinatarios, lo que
se desee comunicar, la situación, etc.; por ejemplo: a través de una cartelera,
en una reunión de personal, una reunión de padres, comunicaciones informales,
entrevistas personales, entre otras. Requiere también que cada uno conozca cómo
y dónde conseguir la información que necesita.
·
Trabajo en equipo y toma de decisiones: es sabido que el
trabajo en equipo resulta central para los procesos institucionales de mejora,
en tanto éstos requieren de acciones colectivas, que recuperen los distintos
aportes y los complementen. El trabajo en equipo entre los directivos
contribuye a modelizar y promover esta modalidad en la institución.
Los equipos de trabajo, más allá de debatir,
analizar y proyectar, deben tomar decisiones en la forma lo más eficiente
posible, a partir de la cooperación e integración de las diferentes miradas.
Esto constituye un ejercicio de participación y de responsabilidad compartida,
sin que por ello se eluda la responsabilidad de quienes ejercen cargos de
conducción.
Posibles obstáculos en los procesos de mejora
Es conocido que frente a procesos de
cambio es posible observar con frecuencia obstáculos tanto internos como
externos. Los internos pueden estar relacionados con objetivos confusos, la
falta de motivación para la innovación, la uniformidad del enfoque, un
diagnóstico erróneo o inconsistente de debilidades y fortalezas, etcétera. Los
obstáculos externos generalmente están vinculados con las actitudes de
resistencia al cambio de parte del entorno, el desarrollo de escasos lazos con
la comunidad, la escasa difusión que se logre de algunas cuestiones de la
institución, la falta de conocimiento de las propuestas por parte de la
comunidad, etcétera. Algunos factores internos reconocidos pueden ser:
· Las resistencias y rutinas del propio profesorado. Quejas, críticas
que circulan en los pasillos, las salas de reuniones. Rutinización de las
prácticas profesionales, que promueven inercia o rechazo a todo tipo de cambio.
· El individualismo y el corporativismo interno. Se asocia con la
metáfora de las aulas como cajas de huevos, que simboliza el aislamiento y a la
excesiva libertad de cátedra. Esto no tiene nada que ver con el concepto de
individualidad, como sinónimo de trabajo autónomo susceptible de formar parte
del trabajo colectivo y permitiendo su crecimiento.
· Pesimismo y malestar docente. Esta sensación se observa cuando los
docentes se sienten abrumados por la complejidad de los nuevos roles y tareas, y las
necesidades de responder a los rápidos avances del conocimiento, con muy pocos
recursos.
· Muchas reformas surgen con una excesiva regulación y
burocratización que condicionan la libertad de los docentes, y por consiguiente
el desarrollo de innovaciones. Esto da lugar a algunos llamados efectos
perversos: Se aspira a cambiar pero se restringen al límite las condiciones.
· Forma parte también del conocimiento compartido que en el sistema
educativo, en cualquiera de sus niveles, coexiste una cultura y ritos propios a
la hora de pensar los procesos de enseñar y aprender, que marchan junto o en
paralelo a aquellos previstos en el currículo oficial. Esto se conoce como
paradojas del doble currículo. Estos no siempre coinciden en sus objetivos, con
lo cual los procesos de innovación pueden encontrar dificultades y
neutralizaciones.
·
La
existencia de gran cantidad de ofertas pedagógicas dispersas es tan grande y multifacética (desde enciclopedias, visitas
guiadas, concursos, etc.) que al superponerse en la vida escolar produce
“ruido” y pueden colaborar aún más a la fragmentación de los conocimientos y en
lugar de promover, perjudican la
innovación.
En
el siguiente cuadro se muestran impactos y resultados obtenidos cuando en los
procesos de gestión están ausentes o se debilitan aspectos fundamentales.
En
función de lo anterior, resulta importante plantear que aquellos factores que
aparecen como obstaculizadores de los procesos de mejora en principio requieren
ser interpretados cabalmente de modo de poner a funcionar algunas estrategias
para revertirlos y transformarlos en potenciales de cambio. Puesto que podría
decirse que el propósito de cambio se
origina en la búsqueda de soluciones para los problemas que se perciben en la
tarea cotidiana. En este caso, el término problema
abarca tanto las dificultades encontradas, como las demandas externas, la
necesidad percibida de elevar la calidad y equidad de los aprendizajes de los
alumnos, o la insatisfacción generada por ciertas condiciones de trabajo o de
convivencia dentro de la institución escolar.
Ámbitos de intervención
para la mejora escolar
Como ya se ha dicho anteriormente, el concepto de buenas escuelas
es una nueva síntesis que retoma argumentos positivos de algunos movimientos
anteriores. Lo que este movimiento plantea, es una estrecha relación entre
mejora del aula y mejora de la institución. Esto conduce a plantearse que
buenas escuelas son aquellas que pueden dar cuenta de una cultura en la cual se
produce un aprendizaje, tanto de los procesos de aula como los de la
organización escolar en su conjunto, mostrando a la vez calidad en los
resultados.
Sin duda, esta perspectiva requiere de un replanteo más amplio
acerca de los resultados esperados en los alumnos, de otra manera de concebir
el mejoramiento de los procesos de enseñanza y aprendizaje que tienen lugar en
el aula, pero básicamente, supone la promoción y el fortalecimiento de la capacidad interna de cambio de cada
escuela.
La siguiente es una reformulación del modelo presentado por
Antonio Bolívar, donde intenta graficar la síntesis más efectiva de los cuatro
dominios relevantes cuando se aspira a procesos de mejora en las instituciones.
Estos son aspectos claves para intervenir y resignificar desde la gestión
directiva:
Estos cuatro dominios se encuentran intensamente vinculados en la
complejidad de cada institución escolar, porque todo proceso de cambio
orientado a la mejora tiene un componente del aula y un componente de la
institución. Realizar el entretejido de estos dos componentes equivale a “poner
a conversar” dominios que parecen haber corrido históricamente “en paralelo”.
Hoy es imprescindible integrarlos en esta aspiración de que el cambio hacia
mejores prácticas, pueda resolver finalmente el problema de la escasa
incidencia que los movimientos innovadores han tenido sobre los resultados de
aprendizaje de los alumnos, haciendo realidad la educación, no sólo de algunos,
sino de todos.
Entonces, entender la mejora
escolar como proceso implica dirigirse conjuntamente tanto a incrementar la
calidad de los aprendizajes del alumnado como a promover en las escuelas su
capacidad para resolver los problemas educativos. Estos rasgos se
desarrollan en aquellas instituciones que tienen un fortalecimiento local, una
mejor construcción de su vida escolar y una mayor capacidad para tomar decisiones
en torno al sentido mismo de la educación, que es la obtención de mejores
aprendizajes para todos los alumnos.
Formación
de los alumnos y vida escolar
Una concepción amplia de la labor educativa incluye tanto
los aspectos cognitivos, como los afectivos, sociales y personales de todos los
alumnos. En este sentido, resulta relevante la atención a aquellas cuestiones
que ocurren tanto en las aulas como las que tienen lugar dentro de la escuela,
fuera de ellas. Esta preocupación se convierte en un aspecto central cuando se
trata de comprender y entender la cultura de los jóvenes y se piensa en una
escuela que atienda la demanda de este grupo social. Tenti Fanfani expone
claramente los principales problemas que tienen lugar cuando se produce el
encuentro de la cultura de los jóvenes con la que es propia de la tradición
escolar. Mientras que los niños en la escuela viven una continuidad relativa
entre su estatuto de niño y su estatuto de alumno, los adolescentes viven la
experiencia de una tensión entre el estudiante y el adolescente. Y no todos los
estudiantes logran articular en forma satisfactoria estos dos espacios de vida.
También se ha señalado que los adolescentes y jóvenes son portadores de una
cultura social hecha de conocimientos, valores, actitudes y predisposiciones
que no coinciden necesariamente con la cultura escolar y en especial, con el
currículo o programa que la institución propone desarrollar.
Según esta propuesta integradora de mejora de las prácticas, sería
importante poder integrar en los procesos de enseñanza y de aprendizaje, la
riqueza de la cultura que los alumnos traen a la escuela, que aunque a veces
tiene un carácter asistemático, disperso y vivencial, tiene una alta incidencia
en la educación formal o escolar sistemática. La idea es articular
adecuadamente las cualidades positivas de los bagajes previos con las de la
modalidad educativa.
En estas últimas décadas y como se ha
mostrado ampliamente, el uso masificado de tecnologías de la información está
produciendo una fuerte transformación de estrategias cognitivas que contribuyen
a resignificar códigos, hábitos y comportamientos, mucho más que en otras
épocas. La escuela no puede ignorar el avance y transformaciones tecnológicas
de la actualidad, porque si lo hace le quita oportunidades de formación al
alumnado, y no puede comprender la realidad en su globalidad. La pregunta sería
¿qué pasa con la propuesta educativa en escuelas que no cuentan con recursos de
nueva tecnología? ¿qué pasa en la escuela donde algunos grupos de la población
alcanzan este beneficio y otros no? Es preciso desplegar gran capacidad de
reflexión sobre estos temas, de modo de no perder de vista que la escuela debe
responder por la formación de una ciudadanía de acuerdo con principios de
equidad social.
Los escenarios demandarán conocimientos marcados por aprendizajes
fundamentales como aprender a conocer,
aprender a hacer, aprender a ser y a vivir juntos en el marco de diferentes
experiencias sociales y de trabajo. Estos aprendizajes fundamentales son los que
direccionan el quehacer cotidiano de las prácticas de aula e institucionales.
El aprender a lo
largo de toda la vida implica el desarrollo de las potencialidades
individuales y también colectivas en su máxima expresión para combinar una cultura general suficientemente amplia
con la posibilidad de especializarse en el conocimiento de una actividad.
Requiere de una práctica sistemática acompañada de una toma de conciencia de
los procesos cognitivos implicados en los contenidos de aprendizaje.
El aprender a
hacer
como competencia que lo capacite para hacer frente a gran número de situaciones
diversas y a trabajar en equipo, pero también aprender a hacer en el marco de
distintas experiencias individuales y de
equipo que lo posibilite a ampliar horizontes, analizando cursos de acción,
anticipando situaciones y resolviendo problemas cotidianos.
Aprender a vivir
juntos
implica conocer al otro en todas sus
posibilidades, reconociéndolo como otro, capaz de constituirse como otro sólo a
partir del reconocimiento de uno mismo. Implica el recononocimiento de la
alteridad. Es encontrar en la cotidianeidad escolar un espacio que se construye
entre todos y para todos. Es participar en proyectos comunes de forma
interdependiente a partir de valores construidos y sostenidos colectivamente.
El aprender a ser es en la cotidianeidad de la vida escolar donde se
potencia el desarrollo de cada uno, es el espacio donde se concreta la función esencial de la
educación a partir de conferir a todos
la libertad de pensamiento y de responsabilidad personal. Es un aprendizaje que
se posibilita en el espacio instiucional
a partir de la práctica cotidiana de conocer con otros, hacer con otros, vivir
con otros.
Niveles
de logros y aprendizajes alcanzados y excelencia académica de los estudiantes
Esta es la dimensión que más ha sido vinculada con la
noción de eficacia en la escuela. Es decir, que este concepto se ha relacionado
estrechamente con el resultado final que alcanzan los alumnos en las escuelas.
Desde esta nueva perspectiva de síntesis, importan tanto los
logros finales obtenidos como los procesos y caminos andados durante el
recorrido escolar, o sea precisamente aquellos procesos intervinientes para que
esos resultados tengan lugar. Por lo tanto, adquieren importancia aquellas estrategias institucionales destinadas a
atender los problemas crecientes de la diversidad. Asumir la diversidad es
convocar a desarrollar estrategias institucionales de enseñanza para todos los
estudiantes. Requiere del reconocimiento de los diversos puntos de partida
posibilitando experiencias de aprendizaje potentes .
Hoy es claramente demostrable que
si bien las escuelas que atienden a gran parte de la población
desfavorecida son las que presentan altos índices de repitencia y deserción, no
puede asegurarse la relación causal entre fracaso y pobreza. Por lo tanto, para
la promoción de buenas prácticas sería relevante trabajar para transformar
aquellos factores intervinientes, que forman parte de la cultura institucional
escolar, como por ejemplo, el tipo de expectativas que los docentes tienen
sobre sus alumnos, sus aprendizajes, las valoraciones y prejuicios dominantes,
las formas de trabajo solitarias, los estilos de enseñanza escasamente
participativos, etcétera.
Es aquí donde cobran especial relevancia aquellos acuerdos sobre
el sentido de la educación y el alcance que tiene para todos. De este modo,
resultan prioritarias las estrategias para desarrollar la construcción de una
visión compartida en el ámbito de la institución, en torno a la necesidad de
incluir a todos los alumnos. De poco sirve que sólo algunos estudiantes
promocionen y permanezcan con buen nivel de desempeño en la escuela. Es preciso
tener estrategias comunes y acordadas institucionalmente para que la
permanencia de los alumnos se realice con calidad, así como también para
focalizar en los altos índices de repitencia y deserción como metas a revertir,
trabajando para alcanzar este propósito en una convergencia de proyectos
específicos, tanto de enseñanza como de retención.
Dentro
de este marco referencial, la evaluación
y el examen ya no pueden cumplir las funciones de selección escolar y
social, sino que debieran resignificarse en función de procesos de formación.
De la misma manera, los problemas de aprendizaje, así como los problemas de
comportamiento y disciplina ya no se pueden resolver por la vía corta de la
repetición y de la exclusión, por cuanto los alumnos que se excluyen del
sistema educativo prácticamente no tendrán posibilidad de participación
ciudadana en escenarios futuros.
Desarrollo
organizativo y profesional docente
Se han mostrado numerosas evidencias de que una escuela alcanza
mejores logros de aprendizaje cuando existe una convergencia entre los altos
niveles de desarrollo profesional de los docentes y un crecimiento de la misma
escuela como organización. De modo que esta perspectiva de mejores prácticas
incluye como dimensión fundamental la posibilidad de la reflexión-acción sobre
la tarea docente, vinculada con los resultados. Por ejemplo:
· La
construcción de acuerdos relativos a estrategias de enseñanza para que todos
los alumnos logren aprendizajes,
· Trabajo
conjunto de los docentes para analizar, reflexionar y tomar decisiones relativas a las prácticas de aula atendiendo
a situaciones de grupos de alumnos como individuales.
· Espacios
y tiempos para socializar prácticas de enseñanza que favorecen el aprendizaje
de los alumnos.
· Planificación de proyectos específicos que involucren a todos los alumnos y docentes
de la institución.
· Lectura y discusión de aportes teóricos que puedan sugerir
respuestas a problemas que se presenten en la práctica.
· Encuentros con expertos en temas de interés al colectivo docente
para construir respuestas profesionales a los problemas de la práctica.
· formar parte de espacios para enriquecerse unos con otros, de modo
que la experiencia pueda ser sometida a la autocrítica y a la reflexión
conjunta para sacar mayor provecho de la experiencia y de la reflexión en y
desde la práctica;
Estos aspectos convocan a pensar que una
mejor enseñanza ya no implica una mera condición individual, resultado de la
experiencia particular de cada docente, sino que tiene que ver con el grado de
acuerdo y consenso que se logre a nivel de institución, en las formas de
organizar el trabajo con otros, en la capacidad para integrar equipos
articulados que puedan llevar adelante y, entre todos, las metas propuestas por
la institución.
Enlaces y lazos con la comunidad
Se ha señalado que parte de la gran crisis de la escuela está
motivada, entre otras razones, por un divorcio crónico entre esta y el entorno.
Para lograr un mayor acercamiento, se
trata de poder formular y concretar renovados mecanismos de implicación de
algunos actores que tradicionalmente no estaban en relación estrecha con la
escuela. Es decir, que se procura que otras instituciones u organizaciones de
la comunidad tengan vinculación e interés de apoyar la tarea de la escuela para
llevar a cabo propuestas que beneficien a todos y que impliquen para los
alumnos aprendizajes del medio, de su cultura, de solidaridad con otras
escuelas, etcétera.
De la misma manera, muchos estudios han señalado que el grado de
implicación de las madres y los padres
promueve una mayor eficacia en la escuela. Por lo general, las familias y las escuelas se formulan entre ellos
reclamos que parecen no ser escuchados recíprocamente. Las expectativas de unos
y otros parecen no ser compartidas, aún cuando coincidan en los enunciados
generales, tales como la transmisión de conocimientos útiles y de normas para la convivencia en sociedad. Resulta
importante prestar atención a esas desinteligencias e intentar formas de
acercamiento y de diálogo, que puedan abrir el camino hacia la construcción de
acuerdos y hacia la cooperación. Para favorecer la comprensión mutua es necesario
tener en cuenta que las lógicas, perspectivas e intereses de las familias y las
escuelas son, a veces, diferentes. En consecuencia, se hace imprescindible
promover situaciones de encuentro, donde se dé lugar a la expresión de las
diversas posturas y a la búsqueda de puntos de articulación entre los intereses
particulares, a fin de comenzar la construcción de un trabajo conjunto.
Algunas formas que tiene la escuela para
promover un acercamiento con las familias es la participación de los padres y
madres en algunas clases. Puede ser compartir tareas, enseñanza de alguna
habilidad por parte de familiares de los alumnos, promover situaciones donde
circulen relatos de historias o hechos significativos para la comunidad, por
parte de los padres; realización de talleres conjuntos de padres y docentes
para dialogar sobre temas de interés mutuo, para organizar actividades,
etcétera. Es enriquecedor el relevamiento de intereses e inquietudes de las
familias; organización de las reuniones de padres sobre la base de los
intereses de éstos, para plantear fines y objetivos y consensuar acuerdos,
etcétera.
El siguiente cuadro sintetiza algunos
puntos relevantes para el proceso de aprendizaje institucional hacia mejores
prácticas.
en la
institución escolar
Desarrollo de la
capacidad de cambio
Los
cuatro ámbitos propuestos como espacios para la intervención de la gestión
escolar forman un entramado dinámico y complejo de una institución escolar en
la búsqueda de mejores prácticas. De modo que no es posible proponer cambios en
la escuela si no se abordan en conjunto todos los aspectos posibles en
relación, aunque puedan ir abordándose paulatinamente. Un proyecto educativo
globalizador no se puede realizar sin tener en cuenta la convergencia de
distintas transformaciones en coherencia con las metas y propósitos de cada
institución. Es bastante difícil, por ejemplo, lograr el compromiso de los
docentes y el tiempo compartido para establecer acuerdos, en un clima escolar de
desaliento, de sospecha, si se mantiene una excesiva rigidez de las normas, de
los tiempos y espacios, y escasos vínculos interpersonales. En este sentido,
para entender el cambio de la institución en la búsqueda de mejores prácticas
se podría utilizar la metáfora del puzzle. Si una pieza no está presente o
colocada en la posición adecuada en relación con otras, el “rompecabezas” no se termina de conformar.
Es
sabido que cierto escepticismo recorre hoy las políticas de mejora puesto que
tras muchos y loables intentos de reformas curriculares y de innovaciones
metodológicas y organizativas, la llamada gramática de la escuela (las reglas
básicas que gobiernan la vida escolar) y el aprendizaje de los alumnos
permanece impasible. Con respecto a esto, se podría decir que la sola
modernización de la escuela con la introducción de tecnologías, el equipamiento
de sus laboratorios, el ingreso de la última propuesta para la didáctica de
alguna disciplina, el desarrollo del proyecto de la huerta orgánica, si bien
pueden representar algún cambio puntual para recuperar, no aseguran de por sí
el logro de mejores aprendizajes para todos los alumnos ni para la institución.
Muchas veces estas modificaciones constituyen un cambio de rótulo o
nomenclatura donde se modifican algunos nombres de las cosas pero el trasfondo
sigue siendo el mismo.
En
este sentido, se pueden mencionar ciertos cambios que se operan en la dimensión
de la organización de tiempos y espacios y agrupamientos escolares, por
considerar que los vigentes ya han caído en desuso, sin tener en cuenta el
sentido o las necesidades específicas que llevan a un cambio, y que debieran
tener relación con algún requerimiento puntual que apunte a crear condiciones
de mejores aprendizajes. Estas transformaciones en los tiempos, espacios y
agrupamientos de una clase o de varios cursos, si no son sustentados por
mejores prácticas de enseñanza y aprendizaje, corren el riesgo de ser una nueva
moda de transformaciones que terminan vaciando el sentido. Poca incidencia
tendrá la clase con diferentes agrupamientos si no se contemplan modos más
efectivos de aprendizaje autónomo por parte de los alumnos, con alto grado de
participación y responsabilidad en los procesos. Tampoco debe pensarse que
todos los espacios, los tiempos y agrupamientos escolares ya conocidos, tienen que ser desestimados.
Es cierto que se ha enfatizado que para que los
cambios sucedan en el aula es preciso que se modifiquen las condiciones
organizativas de la escuela. Pero no se trata de modificar por modificar, sino
que depende de la manera en que se articulan estos dos espacios: el de
los aprendizajes escolares, centrado en la vida de las aulas, y el de la
organización y gestión de toda la institución. Una visión más dinámica resulta si se toma el
conjunto de la institución y se trabaja permanentemente sobre los
puentes que se tienden entre lo curricular y lo organizativo, desde metas que
involucren la totalidad de la escuela.
Hoy se perfila una nueva reconceptualización del lugar de
la escuela, regresando el interés a cuestiones propiamente pedagógicas. Si la
preocupación está orientada hacia el tema de los resultados de la escuela y los
aprendizajes de los alumnos, sus niveles de excelencia, se trata, según A.
Bolívar, de ubicarse en el terreno de la política curricular. Es decir, aquel
lugar de decisión sobre lo que los alumnos tengan que aprender en las escuelas y qué
medios y condiciones pueden y deben posibilitarlo.
Desde diferentes movimientos lo que se viene enfatizando es
el lugar clave que ocupa la institución escolar sobre las políticas
curriculares de mejora. Y esto ha cambiado radicalmente las perspectivas,
porque en lugar de creer y sostener que lo que hay que mejorar es la dimensión
individual de la enseñanza, que sería como un cambio de primer orden, es
prioritario efectuar cambios a nivel de organización de las instituciones
educativas para que aquellos cambios curriculares de mejora de los aprendizajes
se sostengan y adquieran un desarrollo estable. Es así como la mejora de los aprendizajes que es la
misión última, que justifica la experiencia escolar, se hace depender de la
labor conjunta de toda la institución.
¿Qué implica la labor conjunta? Significa, como se ha
dicho, una concepción de los logros esperados en los alumnos, así como otra
manera de concebir los esfuerzos para mejorar las condiciones y los procesos de
enseñanza y aprendizaje que tienen lugar en el aula, pero básicamente se trata
de sostener y fortalecer la capacidad
interna de cambio de cada escuela.
En ese sentido, los cambios educativos pueden ser deseados
y promovidos o instalados desde las reformas, pero serán sólo retórica si no
pueden ser reapropiados y adaptados en cada institución, donde puedan
introducirse transformaciones potentes en relación con los logros, en los modos
habituales y establecidos en la cultura escolar existente. Estas modificaciones
tendrán que generarse desde adentro, de modo que cada escuela pueda desarrollar su propia cultura innovadora. Es por
estas razones que se justifica un trabajo permanente sobre las fortalezas para la innovación en las
escuelas y resulta clave la labor y la función de los equipos directivos, como
líderes en la orientación de los procesos de mejora. Por lo tanto, se hace
necesario focalizar en las funciones del equipo directivo para poder acercar algunas
respuestas-propuestas para el desarrollo de esos procesos.
Las mejores prácticas requieren el
reconocimiento del equipo directivo como el impulsor privilegiado de los
movimientos de mejora institucional, manteniendo claridad en sus roles y
funciones con respecto a los otros integrantes de la comunidad educativa. Promover mejores prácticas implica tener
metas consensuadas con respecto hacia dónde va la institución, a la delegación
de funciones al interior del equipo directivo como líder de estos procesos,
potenciando aquellos aspectos que sean más efectivos en cada integrante.
En este sentido, la agenda del equipo directivo es fundamental en los procesos de
mejora, en tanto organiza las prioridades
y contribuye a diferenciar las urgencias de lo importante para un proyecto.
Tiene que ver con un sistema más profesional de delegación de responsabilidades
al interior de la institución escolar que permite evitar interferencias entre
las tareas, sobrecargas de unos sobre otros, de manera que la distribución sea
más armónica y respete las características del rol de cada uno. La agenda está
al servicio de garantizar la organización del tiempo necesario para que estos
procesos de mejora y transformación
tengan lugar.
Buenas
prácticas de equipos directivos
Para asegurar todo lo anterior y
enlazarlo de manera coherente también se requieren buenas prácticas de equipos directivos. Pueden mencionarse algunas
de las fundamentales vinculadas con los diferentes momentos del transcurrir de la gestión escolar:
· Mantener
su condición de formador-asesor: el
equipo directivo no necesariamente funciona como un experto infalible de
múltiples saberes, sino se trata de poder desarrollar un papel de orientador
para solventar algunas demandas. Además, esta función supone, que poder identificar a aquellos actores que
estén en mejores condiciones de llevar adelante orientaciones, recomendaciones,
contabilizaciones de experiencias, aportar marcos teóricos de referencia, etcétera.
También funciona como asesor en relación con el propio proyecto en lo
relacionado con los objetivos y metas, función que se relaciona con la
evaluador, en la tarea de monitorear y efectuar el seguimiento para sugerir
re orientaciones y cambios en el propio proyecto.
· Sostener procesos fortalecidos
en las comunicaciones internas y externas: Este rol es relevante tanto en el inicio
como en el desarrollo del proceso que se lleva adelante. Al comienzo es
necesario la motivación, la persuasión, la articulación para construir sentidos
compartidos. Durante el proceso, hay momentos que forman parte de instalar
cambios, cuyo proceso no es lineal, que implican incertidumbre, confusión,
resistencia y actitudes reticentes. En este caso, conviene trabajar con las
diferencias entre los miembros, y también en la articulación de formas de
trabajo colectivo. Incentivando el diálogo entre los miembros y procurando
atenuar los malos entendidos. De la misma manera, resulta clave la comunicación
clara, para transmitir reorientaciones y modificaciones en los planes previstos
durante los procesos de mejora. En relación con las comunicaciones externas
tiene relevancia la capacidad para comunicar y mostrar a la comunidad y a otras
instituciones los cambios que se van produciendo. Esto se vincula también con
la capacidad de apertura a otras experiencias que provengan de instituciones
promoviendo el intercambio y el aprendizaje conjunto.
· Desarrollar la capacidad de observar el todo y
proyectar:
El equipo directivo funciona en la práctica como un formador de formadores. Y
en este sentido, es una visión emergente en las instituciones escolares que no
sólo los niños y jóvenes como población destinataria se forman y aprenden, sino
que los docentes mismos y los directivos son sujetos de aprendizaje
institucional. Su condición de formador está dada también por la perspectiva
más general que posee su mirada, hacia el conjunto de personas y procesos que
se desarrollan en la escuela. Transmitir y aportar esta perspectiva colabora
con el aprendizaje de una institución y promueve el desarrollo de la cultura
colaborativa. Resignifica con este aporte las acciones individuales,
reconstruyendo el todo a la vez que permite al conjunto recuperar el sentido de
los procesos en los que se encuentran inmersos.
· Desplegar habilidades de gestor de los recursos: Esta función se
centra en un sentido amplio de los recursos, implicando no sólo recursos
materiales sino aquellos recursos humanos necesarios para el desarrollo de los
procesos de mejora. La idea de recursos no está unido a la idea de presencia o
ausencia de los mismos sino a su posibilidad de generarlos. Con esto se vincula estrechamente la
posibilidad de gestionar actividades al interior de la institución así como la capacidad de negociar aquellos
recursos que necesitan, en la medida en que son responsables de la institución
y la representan en el afuera.
· Disponer de competencias para interpretar demandas
internas y externas: vinculada con las competencias de comunicación y
anticipación. Cuando se llevan a cabo procesos de mejora y cambio suele suceder
que aparecen diferentes formulaciones para expresar las necesidades y hace
falta la capacidad de escuchar, analizar y decidir teniendo presente que en
ciertos casos estas no guardan relación con los intereses del proyecto. En
otras circunstancias es preciso interpretar conflictos subyacentes que están
teniendo lugar cuando se expresan estas necesidades.
· Sostener la disposición para articular equipos de
trabajo:
Esta función se relaciona con los momentos iniciales y de proceso para el desarrollo
de mejoras. Un momento clave es la constitución de equipos de trabajo y la
posibilidad de asignar tareas de acuerdo con las competencias o intereses de
sus integrantes. También poder resguardar y preservar la articulación al
interior de los equipos y entre unos y otros en función del desarrollo del proyecto que tenga lugar.
· Disponer de habilidad para el seguimiento de los
procesos y la evaluación de los resultados: Esta función se encuentra vinculada con
diferentes momentos del proceso de evaluación. Tanto en la instancia de
definición de objetivos y metas como en el seguimiento y en la etapa final de
los proyectos. Tanto de la evaluación formativa como sumativa. Esta función no
debe confundirse con la de fiscalización o control que es propia de modelos más
burocráticos de la gestión escolar, sino que está más relacionada con los
procesos de búsqueda de información al servicio de la toma de decisiones, de
reajustes requeridos, etcétera. Que servirá en definitiva para el aprendizaje
institucional. Lo anterior no significa que sea un trabajo personalizado en la
figura de los directivos sino que pueden
generar estrategias para que otros asuman el relevamiento de información, de
monitoreo, que contribuya a implicar al conjunto en el desarrollo de un proceso
evaluativo.
· Mantener la comunicación y el intercambio entre la
escuela y otros niveles de decisión: El equipo directivo como representante
de la institución tiene la responsabilidad de gestionar ante instancias
superiores de decisión las condiciones que avalen el desarrollo de sus procesos
de mejora. Algunas prácticas por ser innovadoras pueden quedar colocadas en
zonas no totalmente resueltas en las normativas vigentes (por ausencia o por
obsolescencia) En estos casos el rol de enlace implica gestionar la viabilidad
de los procesos de mejora dentro del juego de relaciones entre los diferentes
niveles del sistema y entre los márgenes de autonomía que les corresponde a
cada uno.
Bibliografía
El siguiente listado
bibliográfico incluye las fuentes consultadas para la realización de esta
síntesis conceptual. Si lo desea y le resulta posible, puede ampliarla y
profundizarla, consultando algunas de ellas.
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Elaborado por Marta

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